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Ingeniero en Industrias Alimentarias de la Universidad Nacional Agraria La Molina, pero que se dedica a un montón de cosas, como escribir en sus ratos libres. Gusta de política, economía, fútbol, música, entre otros. Hobby principal: investigación histórica, principalmente a la Guerra con Chile, aunque también investiga sobre el desarrollo de las empresas peruanas en la actualidad. Es coautor del libro "La Última Resistencia. La batalla en el Morro Solar de Chorrillos el 13 de enero de 1881". Si desean adquirirlo, escribir al e-mail elinaresm@hotmail.com

viernes, 14 de enero de 2011

La batalla de Miraflores

La batalla de Miraflores se llevó a cabo el sábado 15 de enero de 1881 y fue el último enfrentamiento armado antes del ingreso del ejército chileno a la capital. En esta batalla se recuerda el sacrificio de los ciudadanos de Lima por la defensa de su patria, pues fueron los batallones que integraban estos ciudadanos, los de Reserva, los que más destacaron en la batalla, así como también los batallones de infantería de marina.

A pesar que esta batalla fue más corta, con menor fuerza entre los contendientes y menor número de bajas que la batalla de San Juan y Chorrillos, es más recordada que esa gracias a los testimonios que dejaron los combatientes peruanos sobre aquella acción, en mayor cantidad que los de la batalla de San Juan.

Los partes oficiales peruanos de las batallas de San Juan y de Miraflores recién fue publicada el 15 de enero de 1884 en el diario El Comercio, pero la primera versión peruana de la batalla de Miraflores fue publicada en el periódico El Orden, entre el 7 y el 24 de marzo de 1881, cuando fue impreso, por entregas, el opúsculo “Lo que yo ví. Apuntes de un reservista sobre las jornadas de 13 y 15 de enero de 1881” de Alberto Ulloa Cisneros, periodista quien estuvo presente en la batalla de Miraflores como ayudante del estado mayor del Ejército de Reserva. Antes, en el mismo periódico, el 3 de marzo, había sido publicado la carta de Nicolás de Piérola a Julio Tenaud, Jefe del Estado Mayor del Ejército de Reserva, que si bien habla de toda la campaña de Lima, específica que Piérola no ordenó la movilización de las pocas tropas del Ejército de Reserva en Vásquez durante la batalla de Miraflores.

Cañón Dahlgren que estuvo en la batalla de Miraflores y volado después por la caballería chilena. Encontrado en una construcción en Miraflores en el 2009, fue restaurado por la Brigada Naval y actualmente se exhibe en el parque Reducto.

Los partes oficiales publicados por El Comercio referente a Miraflores fueron: el del general Pedro Silva, Jefe del Estado Mayor General de los Ejércitos; el del coronel Ambrosio Jesús del Valle, Sub jefe del Estado Mayor General de los Ejércitos, y el del sargento mayor José E. Diez, Jefe de la batería Alfonso Ugarte. También en el diario La Tribuna fue publicado, por fragmentos, desde el 17 hasta el 24 de marzo de 1884, un informe oficial del general Pedro Silva pero con anotaciones y comentarios diversos, más extenso y detallado que el publicado en El Comercio. También un parte oficial de Pedro Silva, ubicado en el Archivo Velarde, fue publicado por Jorge Ortiz Sotelo en su obra “Apuntes sobre la Batalla de Miraflores”.

Después de la versión de Alberto Ulloa, no fue publicada otra versión peruana de la batalla de Miraflores hasta el 15 de enero de 1884, cuando los periódicos El Comercio, La Tribuna y El Callao publicaron artículos de la batalla con datos proporcionados por los sobrevivientes de la batalla. En el siglo XX todavía aparecieron otras versiones: la carta del coronel Pereyra publicada por Alejandro Montani en su libro “Artículos Militares”; la de Domingo Gamio, en el periódico El Tiempo del 15 de enero de 1915; la de Ramón Ribeyro, en el periódico Ultima Hora del 15 de enero de 1916, y la de Manuel Layseca, que a continuación reproducimos en este post, en el periódico La Crónica el 15 de enero de 1928; la de José Torres Lara en su folleto “Recuerdos de la Guerra con Chile (Memorias de un distinguido). La batalla de Miraflores” en 1911; la de Manuel Gonzales Prada en “Impresiones de un Reservista”; los artículos publicados en El Comercio en 1944 por Manuel Elguera; el Memorándum de Belisario Suárez publicado por su descendiente Rómulo Rubatto; las Memorias del Mariscal Andrés A. Cáceres y una biografía del general Juan Buendía, presuntamente escrita por él mismo, en donde se refiere a su actuación en Miraflores.

Algunos notas sobre la batalla de Miraflores

La línea peruana de Miraflores se extendía por la derecha desde la orilla del mar, en donde actualmente se encuentra Larcomar, hasta Ate Vitarte por la izquierda. En esta línea se ubicaban 8 reductos, el primero de los cuales estaba ubicado en los alrededores de lo que hoy es el hotel Marriot y el último en la hacienda Mendoza. La batalla se llevó a cabo sólo en el sector de Miraflores.

Después de la batalla de San Juan y Miraflores, el Ejército de línea peruano se reorganizó la noche del 13 de enero de 1881, reforzado por los batallones Guarnición de Marina y Guardia Chalaca, quedó organizado en la línea de defensa de Miraflores en 3 Cuerpos del Ejército, cada uno con 2 divisiones. El 1° Cuerpo estaba al mando del coronel Andrés A. Cáceres, el 2° Cuerpo al mando del coronel Belisario Suárez y el 3°, al mando del coronel Justo Pastor Dávila. El 1° Cuerpo estaba ubicado desde la orilla del mar y se prolongaba hasta un poco más allá del reducto N° 2, el 2° Cuerpo entre los reductos N° 2 y 3, y el 3° Cuerpo entre los reductos N° 3 y 4.

Además estaba el Ejército de Reserva, al mando del coronel Juan Martín Echenique, dividido en dos cuerpos: el 1° al mando del coronel provisional Pedro Correa y Santiago y el 2° al mando del coronel temporal Serapio Orbegozo. El 1° Cuerpo tenía sus batallones N° 2, N° 4, N° 6, N° 8, N° 10, N° 12, N° 14 y N° 16 distribuidos en los reductos N° 1, N° 2, N° 3…. hasta el N° 8 respectivamente. El 2° Cuerpo estaba ubicado en Vásquez, actualmente Ate Vitarte, y aparentemente contaba sólo con 5 batallones y no los 11 que se mencionan en diversos estudios (1).

El efectivo del Ejército de línea Peruano era: coronel Cáceres, 3,602 hombres; coronel Suárez, 2,240 hombres; coronel Dávila, 2,761 hombres; caballería, 547 hombres, y batería Alfonso Ugarte, 180 hombres (2), pero el general Pedro Silva afirma que la fuerza que efectivamente se batió eran 7 mil del ejército activo y 1,500 del ejército de reserva, en total, 8,500 hombres (3). Las fuerzas chilenas eran casi 20 mil hombres pero tampoco no todos se vieron involucrados en la batalla.

El inicio de la batalla fue de lo más casual y ninguno de los bandos estaba preparado. Esto se dio porque estaban en tregua hasta la medianoche y el ejército chileno estaba ordenando sus fuerzas delante de la línea peruana. Aparentemente empezaron las fuerzas peruanas porque los chilenos estaban bien cerca, se dispararon uno o dos tiros contra el general Manuel Baquedano, Jefe del Ejército chileno, y se generalizó el fuego, a pesar de las ordenes peruanas de alto al fuego, mientras las fuerzas chilenas almorzaban. Al mismo tiempo, el Dictador Nicolás de Piérola estaba en un almuerzo con Petit Thouars, Stirling, Labrano, jefes navales de Francia, Inglaterra e Italia respectivamente, y con los Ministros de las Legaciones extranjeras (4).

Las bajas peruanas fueron, según el José F. Vergara, Ministro de Guerra y Marina en campaña de Chile, no menos de 1,500 muertos (5), mientras que según Spenser St. John, Ministro Plenipotenciario de Inglaterra y quien estuvo almorzando con Piérola al inicio de la batalla, las bajas chilenas fueron de 3 mil y las peruanas fueron de 4 mil en San Juan y relativamente menores en Miraflores (6). Las bajas chilenas si son específicas en la batalla: 31 jefes y oficiales muertos, 118 jefes y oficiales heridos, 502 soldados muertos y 1622 heridos (7).

Testimonio del teniente coronel Manuel Layseca

“… La fidelidad de su memoria en auxilio y empezó el señor Layseca, recordando que con fecha 14 de febrero de 1880, un decreto supremo dictado entonces por el Dictador Nicolás de Piérola, creaba el batallón Guarnición de Marina, con un efectivo de 600 plazas, sobre la base del antiguo Cuerpo de Artillería de Plaza.

La Plana Mayor de este cuerpo de ejército estaba formada por el Capitán de Navío don Juan Fanning, como primer jefe; como segundo, el coronel Andrés Segura; tercero, el sargento mayor de artillería don José Antonio Sarrio; cuarto, sargento mayor don José Hernández.

Teniente Coronel Manuel Layseca

Capitanes de compañía fueron: de la primera, sargento mayor graduado Ugarte; de la segunda, capitán Federico Canta; de la tercera, Manuel Asanza; de la cuarta, Hilario Mansilla; de la quinta, el sargento mayor don Mariano Bustamante, sobreviviente de la guarnición del “Huáscar”; de la sexta, Augusto Gómez Lira; era ayudante mayor del cuerpo, el capitán Manuel del Pino.

El doctor Felipe Rotalde, que fuera nombrado Cirujano del Ejército, fue en su condición de médico fundador del Batallón Guarnición de Marina, prestando importantes servicios a esta unidad, desde que los primeros buques de guerra del enemigo iniciaron el bombardeo de la plaza del Callao, estando con inmensa laboriosidad, hasta que terminó la campaña con la toma de Lima.

Yo – prosigue el señor Layseca – con la clase de subteniente de la cuarta compañía, fui también fundador de ese cuerpo del ejército, el cual, sin pretensión alguna, era el mejor de los organizados para la defensa de Lima en los días nefastos de la toma por los soldados de Chile. No solo por el efectivo de que disponía aquella unidad, sino también por la calidad de los jefes y oficiales que la mandaban y de los soldados; lo más florido de la juventud chalaca, llenos todos del espíritu de guerra, afanosos de dar su sangre por mantener siquiera por algún tiempo, incólume la ciudad que los vio nacer; a mas de los voluntarios, contaba la unidad mencionada, con 200 prisioneros peruanos que fueron canjeados después de las batallas de San Francisco, Pisagua y Alto del Alianza y algunos de la Guarnición del “Huáscar”; hombres que habían ya recibido el bautismo de fuego, cuando la lucha en sus principios se mostraba más enconada; contábanse, además de las fuerzas formadas por los “cabitos”, muchachos de la Escuela Militar de Chorrillos quienes, en las rudas campañas del sur, mostraron el empuje de sus corazones, cuando combatían fieramente, mandados por el coronel Víctor Fajardo, Llosa, Morales Bermúdez y otros, que conquistaron la corona del heroísmo, ante un ejército muchas veces superior, en efectivo, en preparación y en condiciones de confort.

Era el 13 de enero de aquel año. Muy distintamente percibíamos desde el Callao, el intenso cañoneo de la batalla de San Juan. Todos ardíamos en ansias de recibir lo más pronto posible, la orden de marcha hacia el campo de las operaciones. Tal vez era la vehemencia que nos llenaba el espíritu, que bien poco faltó para que nos insubordináramos, porque nos parecía que habíamos dejado olvidados (sic).

Momentos más tarde, a las 11 y 30 de la mañana de ese mismo día, con el júbilo más grande, escuchamos la orden de ponernos en marcha hacia el campo de batalla. Llegamos a Lima en un tren del F.C.C. y desde la Estación de Desamparados, iniciamos la marcha hacia el sur. Momentos después, marchaba al lado nuestro el bizarro batallón Guardia Chalaca, formado por la más brillante juventud del Callao.

La marcha desde Lima la hicimos hacia la hacienda Vásquez, llegando a ese sitio en las primeras horas de la noche, debiendo, momentos después, seguir marcha sobre Miraflores, a donde llegamos a punto de media noche.

El batallón nuestro estaba materialmente rendido, de cansancio y de hambre, pues desde nuestra salida del Callao, no habíamos probado alimento alguno; a mas de esto, en el campamento, no habían tenido la preocupación, pero logramos descubrir un carro de galletas, con lo cual pudimos reconciliarnos medianamente.

Se nos señaló para acampar, un potrero, desde el cual, con la angustia y el rencor en el corazón, podíamos percibir el resplandor siniestro del incendio de Chorrillos originado por las tropas chilenas; el pueblo ardía por tres partes. Mientras estábamos sumidos en la macabra contemplación de aquel espectáculo bárbaro, se nos presentó un industrial italiano, que había logrado fugar de la ciudadela incendiada. Este señor, nos refirió como, después de la entrada del invasor a Chorrillos, la soldadesca habíase entregado al saqueo más vergonzoso, arrasando cuanto a su paso encontraba, sin respeto alguno por las fuerzas de la civilización. Terminado el saqueo, siguió contando el italiano, los soldados se dieron a la bebida en forma desenfrenada, a punto tal, que los mismos jefes amedrentados, por temor de que sus secuaces se sublevaran y les hicieran daño, tuvieron que encerrarse en el rancho del general Pezet.

La relación que hiciera este súbdito italiano, inspiró al entonces coronel Andrés A. Cáceres, lo mismo que al coronel César Canevaro, la idea de marchar al asalto y reconquista de Chorrillos, esa misma noche, penetrando a la ciudad, precisamente por los puntos en los cuales el incendio hacía estragos.

Efectivamente, momentos después se comunicaba a la Guarnición de Marina, a tres cuerpos de reserva, a una fracción del batallón Jauja y a la Guardia Chalaca, para que se movilizaran, en plan determinado, sobre Chorrillos.

Cuando recién las tropas habíanse puesto en marcha, la orden llegó a conocimiento de la superioridad, la que, quien sabe porque razón, mandó suspender la marcha y que las unidades volvieran a sus posiciones.

Es indudable que, dado el estado de desmoralización en que se encontraba aquellas tropas invasoras durante la noche, nuestras fuerzas que conservaban su ecuanimidad, hubieran dado buena cuenta de aquellas, sin que en auxilio de las mismas, hubieran podido venir siquiera los buques de la escuadra, por efecto de la noche, que se presentaba oscura.

Al amanecer del día 15 de enero, pactado el armisticio que debía expirar a las doce de la noche de ese mismo día, notamos que los buques de guerra, que habían fondeado muy cerca de la playa misma, abríanse a todo lo largo de la costa, por lo que presumíamos que la batalla habría de generalizarse sobre nuestra ala derecha.

Justamente al mismo tiempo, observamos que las tropas chilenas, en columna cerrada, avanzaban sobre Barranco, introduciéndose en las chácaras Pacayar y Larrión, habiendo entre los que marchaban y nosotros, una distancia de ochocientos metros más o menos teniendo de por medio, la Quebrada Honda.

Subteniente Genaro V. Cobián.
Muerto en la batalla de Miraflores

Como el armisticio de que se ha hablado más arriba, debía terminar en la media noche de aquel día, nos mantuvimos tranquilos, ocupando el batallón Guarnición de Marina la chácara Armendáriz, posición estratégica pues desde ahí dominábamos perfectamente todo el camino a Barranco.

Siendo esa situación, a las doce y media del día, los buques de la escuadra rompían los fuegos, el batallón de marina se abría en guerrilla y se iniciaba el combate en todo nuestro frente.

Bien recuerdo al sargento Meneses y al cabo Lucero, dos famosos tiradores que teníamos en nuestra compañía, quienes donde ponían el ojo ponían la bala, siendo cada disparo un seguro mensajero de la muerte para quien era tocado; bala disparada por cada uno de estos muchachos, era hombre que caía fulminado.

Diezmado el regimiento naval, fue reforzado por el segundo de línea y un resto del Atacama. Tal era el valor de estos hombres que formaban estas unidades que en pocos momentos, los soldados chilenos que avanzaban parapetándose tras las tapias y utilizan de todos los recursos de la naturaleza del terreno, bien pronto tuvieron que sembrar el campo con sus cadáveres. Sin embargo, el mayor número de enemigos restó fuerzas a nuestros valientes.

Por dos veces, logramos rechazar, casi definitivamente, a los chilenos, a punto tal, que las embarcaciones que llegaron hasta muy cerca de la playa, hacían señales muy incesantes para que los chilenos volvieran a bordo, como único medio de librarse del estrago que hacían nuestras tropas en las filas de ellos.

Desgraciadamente, estos ligeros éxitos, que hubieran llegado a una feliz terminación, viéronse bien pronto frustrados, pues, la falta de munición hizo que nuestros brazos sintiéranse indefensos.

Al mandarse traer más munición, un equívoco o un error, hizo que nos trajeran munición Peabody, cuando lo que necesitábamos era Remington calibre 43. Escrito estaba que la planta chilena entraría en las calles de Lima, no ya por consecuencia de su valor, sino por las circunstancias que se acaba de enunciar.

Entre tanto, el coronel Fanning había fallecido. El comandante Isaac Chamorro, enrolado en las filas al no tener puesto a su regreso de las campañas del sur, acababa de ser herido; herido también el coronel Suárez. Entonces, asumió el puesto de jefe del Guarnición de Marina el sargento mayor Sarrio, quien, sin perder un solo momento la serenidad, alentaba a las tropas que lo rodeaban y, en un instante de feliz inspiración, comisionó al subteniente Domingo Gamio, para que, por todos los medios disponibles, recogiera la munición que en sus cartucheras tenían los soldados muertos y los heridos, para así, poder dar munición a los que aún se mantenían en pié, quienes por recomendación especial debían quemar tiro por tiro, teniendo solo la certeza del impacto mortal en el enemigo. El subteniente Gamio cumplió valerosamente la macabra comisión.

Entre tanto, la suerte nos había dado las espaldas una vez más. La retirada había comenzado por efecto de la falta de munición, pues al notar el enemigo de que ya no disponíamos de una sola bala, reaccionó violentamente, renovando el ataque, ya sobre un conjunto de hombres que no tenían sino el valor para contrarrestar el ataque.

El comandante Arias Araguez, que en las últimas maniobras de la defensa había recibido una mortífera bala, exhala el último suspiro.

Entonces el mayor Sarrio, sereno siempre y comprendiendo la dureza de la situación, para que no se enterara el enemigo, ordeno de viva voz la retirada, diciendo: “No tengo derecho de sacrificar a estos valientes que quedan, sin contar con munición y sin posibilidad de rechazar este flanqueo; un rato más y sería tarde, quedaríamos envueltos raíz de ellos”.

Reunidos que fueron los últimos sobrevivientes, iniciose la marcha de retirada a Lima; por el camino, entre surcos y grietas, encontrábamos soldados heridos, algunos de los cuales nos insultaba creyéndonos huidos y los mas, nos pedían que les vengáramos, ya que aun nos quedaba vida.

Estos momentos de depresión espiritual, nos había aniquilado completamente; todos llevábamos como una constante visión, entre otros, el episodio del capitán Asanza, quien, herido en un brazo, apenas fue vendado, con la izquierda empuñó su espada, alentando a sus soldados a seguir en la lucha. El del teniente Valega, quien, herido desde los primeros momentos de la refriega, se negó a abandonar el campo de lucha, hasta el momento en que perdió el conocimiento, como consecuencia de la fuerte hemorragia que le sobrevino.

Nos parecía que los fallecidos Patrón, Hurtado y Aza, Barrios, Higginson, Genaro V. Cobián, mi hermano materno, Suárez, Becker, Eslava y otros, seguían con nosotros, la marcha en retirada; les sentíamos cerca de nosotros.

Ya en Lima, el 16 de enero, con los restos del Guarnición de Marina, recibimos orden de marchar en refuerzo de la “Ciudadela Piérola”, a órdenes del Dr. Fernando Palacios, que la mandaba. Habíamos casi recién iniciado el desfile hacia nuestra nueva posición, cuando una contra orden nos hacía regresar al cuartel, en el convento de La Merced, con el mandato expreso de que se nos desarmara y licenciara.

No me es posible señor redactor, nos dijo el señor Layseca, el describir la situación del momento aquel. Los mismos momentos del rudo combate durante los cuales vi caer a mis más queridos compañeros y entre ellos, mi hermano, si me produjeron una sensación de pesar infinito, no fue tanto como el que experimenté cuando, uno a uno, nos quitaban nuestras espadas, nuestros fusiles, las mismas armas con las que habíamos defendido, siquiera por horas, la dignidad nacional, nuestro terruño bien querido. Con las lágrimas en los ojos, veíamos como nuestro armamento era amontonado en un rincón del cuartel. Cada prenda de combate que nos arrebataban, era como un trozo del corazón que nos lo robaran en un momento de injusticia, que era duro para nosotros el soportarlo. No podría ser yo, en palabras, reconstruir aquel momento. Estas son cosas que se siente muy dentro del corazón y que es imposible traducirlas.

Subteniente Domingo Gamio
Fotografía cuando desempeñaba el consulado de Perú en Amberes

Recuerdo que entre los que salimos vivos del campo de batalla se contaban al mayor Sarrio, el mayor Hernández, el mayor graduado Mariano Bustamante, el teniente López Hurtado, el subteniente Nicanor Leguía, hermano del actual Presidente de la República y único oficial que sobrevivió del grupo de su compañía; el subteniente Pedro E. Muñiz y Guillermo Freundt, de todos los cuales, sólo sobrevivimos hasta la fecha (y que sea por muchos años señor Layseca), el teniente Federico Valega, hoy teniente coronel, don Domingo Gamio, que no siguió la carrera militar, y el que habla, actualmente teniente coronel.

El mayor de los oficiales subalternos tendría escasamente 20 años; así y todo, por espacio de cinco meses, soportamos en el Callao, el intermitente cañoneo de los buques chilenos, que tenían dominado el indefenso puerto del Callao.

Del comportamiento del batallón Guarnición de Marina, durante la acción de armas que he relatado someramente, puede dar fe el que fuera sargento Augusto B. Leguía, hoy Presidente de la República, que desde el reducto que peleara, que estaba colindante con nuestra posición, observaría en detalle, el comportamiento valeroso de todos los que, desde la trinchera improvisada en Armendáriz, luchábamos con toda decisión” (8).

Notas

(1) Enrique Flórez, “Ciudadanos en Armas. El Ejército de Reserva de Lima en la Guerra del Pacífico”, Tesis para optar el título de Licenciado, pp. 140; 158
(2) Periódico “La Tribuna”, 23 de enero de 1884. Parte anotado y documentado del Estado Mayor General al Dictador, sobre las batallas del 13 y 15 de enero de 1881.
(3) Jorge Ortiz Sotelo, “Apuntes sobre la batalla de Miraflores”, p. 103. Parte oficial del general Pedro Silva.
(4) Rudolph de Lisle, “The Royal Navy & the Peruvian-Chilean War 1879-1881”, pp. 151-152.
(5) Periódico “La Actualidad”, 4 de febrero de 1881.
(6) Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú. P.R.O. “Further Correspondence respecting the conduct of war against Peru by Chile. 1879-81”, pp. 35-38, oficio de St. John al conde Granville del 22 de enero de 1881.
(7) Pascual Ahumada Moreno, “Guerra del Pacífico, recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referente a la guerra que han dado a la luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, conteniendo documentos inéditos de importancia”, tomo IV, p. 479.
(8) Periódico “La Crónica”, 15 de enero de 1928.

martes, 11 de enero de 2011

La batalla de San Juan y Chorrillos

La batalla de San Juan y Chorrillos es la más grande en la historia del Perú por la cantidad de hombres enfrentándose, se realizó el jueves 13 de enero de 1881 y este jueves se recuerda los 130 años de aquel hecho.

Esta acción de armas es conocida en Chile como batalla de Chorrillos por ser el pueblo de ese nombre cercano a la batalla y sus alrededores fue donde se llevó la parte más larga y dura de la lucha. En Perú es conocida como batalla de San Juan o batalla de San Juan y Chorrillos, porque la línea de defensa era conocida como línea de San Juan y porque en el cerro Salto del Fraile en Chorrillos es donde fue el último punto de resistencia peruano.

La línea peruana de San Juan después de la batalla
Acuarela de Rudolph de Lisle

No hay muchas versiones de sobrevivientes peruanos sobre esta batalla. La más conocida es la del general Pedro Silva en sus 2 partes oficiales publicados en los diarios El Comercio y La Tribuna y también está el parte oficial del coronel Arnaldo Panizo sobre la defensa del Morro Solar también publicado en el diario El Comercio. Varios años después de la batalla fueron publicados algunos relatos. Entre estos están los que relatan la lucha en el Morro Solar que son los del capitán Silverio Narvarte y el sargento mayor Pedro Alcócer, ambos del batallón Guardia Peruana N° 1; está el opúsculo “Como Fue Aquello” del coronel Víctor Miguel Valle Riestra, que relata la lucha en Chorrillos (en las campiñas y en Santa Teresa); la carta que el coronel Manuel Pereyra en donde narraba como fue la batalla en San Juan, en el sector de Cáceres, publicada en el libro “Artículos Militares” de Alejandro Montani; el memorándum y las respuesta al cuestionario del comité de damnificados italianos del coronel Belisario Suárez, publicados por su descendiente Rómulo Rubatto; cuestionario del comité de damnificados italianos del coronel Arnaldo Panizo, publicado por su descendiente Juan Carlos Flórez, y el más conocido, el testimonio del Mariscal Andrés A. Cáceres publicado inicialmente por su hija Zoila Aurora Cáceres en su libro “La Campaña de la Breña”.

José Torres Lara

Uno de los testimonios más interesantes y poco conocido es el de José Torres Lara, quien entre 1911 y 1912 publicó una serie de 5 opúsculos sobre sus vivencias durante la guerra con el título de: “Recuerdos de la Guerra con Chile (Memorias de un distinguido)”. El primero de estos tenía por título “La batalla de San Juan”, en donde él narra cómo vivió aquella batalla en el batallón Concepción en donde él estaba enrolado. El siguiente opúsculo trata sobre la batalla de Miraflores y los 3 últimos sobre el primer año de la guerra. La mayoría de soldados peruanos tenía el uniforme color blanco, es algo que se debe saber para entender ciertas líneas del relato.

Algunos apuntes sobre la batalla de San Juan y Chorrillos y el testimonio de José Torres Lara

El testimonio de este peruano es bastante interesante porque narra los acontecimientos desde la lucha en San Juan, la posterior retirada de ahí, la resistencia en las afueras de Chorrillos y la retirada a Miraflores. También lo es porque es de un soldado y no de un oficial o miembro de la plana mayor. El mismo José Torres cuenta porque le llaman distinguido: “… ya soy soldado de veras; soldado distinguido se entiende. Los rasos nos llaman distinguidos de….. porque lo que caracteriza la distinción es estar exceptuado del servicio de baja policía, y lo más característico de esto es el tener que botar diariamente los depósitos de aquello….. de ahí el mote. Otros nos dicen “distinguidos mataperros”, no por la acepción común del calificativo, sino por el motivo especial que ya veremos” (1).

En cuanto a la batalla, la línea peruana estaba defendida por los Ejércitos del Norte y del Centro, al mando del general Ramos Vargas Machuca y el coronel Juan Nepomuceno Vargas respectivamente. Cada ejército tenía 5 divisiones; las primeras 3 divisiones del Ejército del Norte formaban el 1° Cuerpo del ejército al mando del coronel Miguel Iglesias, quien también era Secretario de Guerra, las otras dos el 2° Cuerpo del ejército al mando del coronel Belisario Suárez, las divisiones 3ª y 5ª del Ejército del Centro con una división volante formaban el 3° Cuerpo al mando del coronel Justo Pastor Dávila y las divisiones 1ª, 2ª y 4ª formaban el 4° Cuerpo del coronel Andrés A. Cáceres. Los ejércitos estaban al mando del Jefe Supremo Nicolás de Piérola y tenía como Jefe del Estado Mayor General de los Ejércitos al general de brigada Pedro Silva. Los 4 Cuerpos del ejército también tenían bajo su mando la artillería, las fuerzas irregulares, los ingenieros, el personal administrativo o la caballería que estuviera en su zona. José Torres Lara era soldado del batallón Concepción N° 27, formado mayoritariamente por conscriptos de Junín, al mando del coronel temporal Juan E. Valladares y junto con el Ancash N° 25 y Zepita N° 29 formaba la 5ª división del Ejército del Norte.

El ejército peruano en la batalla de San Juan y Chorrillos tenía 18,650 soldados. De esto se le debe descontar mil hombres porque las fuerzas irregulares estaban armadas en parte y el resto, con rifles Minié, así como la administración militar y a que el batallón 23 de diciembre estaba incompleto; se le descuenta otros 2,150 hombres del batallón de Guardia Civil, la columna de Honor que estaba en Monterrico, la columna de Pachacamac, una parte del Cuerpo de Dávila y otra de la de Suárez que no combatieron, de tal manera que el día del combate sólo habían 15,500 soldados disponibles en el ejército peruano (2).

El ejército chileno tenía 23,129 hombres disponibles el 12 de enero de 1881 (3).

En cuanto a las posiciones peruanas, estas abarcaban unos 12 Km, iban desde las orillas del mar hasta cerca al cerro San Francisco. Los peruanos llaman derecha a sus posiciones en Chorrillos e izquierda las de San Juan. La línea de defensa era las alturas al sur de Chorrillos y San Juan, empezaban en las alturas de Marcavilca (entre las playas La Chira y Conchán), seguía por las cercanías a la hacienda Villa, Santa Teresa (donde se encuentra actualmente el AA.HH. Tupac), Zigzag occidental, Zigzag oriental (donde está la Escuela Nacional de la Policía), el Gramadal, Viva el Perú y los cerros de Pamplona (en particular, el que se encuentra a la espalda del supermercado Metro del puente Atocongo). El relato comienza en San Juan, pues las fuerzas del 2° Cuerpo constituían la reserva de los ejércitos, y va narrando como ve la lucha desde las cercanías de la hacienda San Juan y como se tuvieron que retirar desde este punto hasta la estación del ferrocarril en Chorrillos.

A continuación, la narración de la batalla.

Recuerdos de la guerra con Chile (Memorias de un distinguido). La batalla de San Juan (fragmento)

“… Eran más o menos las cuatro de la mañana, la luna ya se había puesto y el fulgor de las estrellas que enviaban su postrera luz, no alcanzaba a esclarecer las tinieblas. Un silencio solemne reinaba y era seguro que millares de hombre cubiertos por dos banderas enemigas se acechaba para exterminarse. Sólo de cuando en cuando se sentían los pasos rápidos de los jefes y oficiales del E.M., cuyas sombras cautelosas veíamos aparecer y desaparecer, llevando o trayendo órdenes. Nos mandaremos descansar en nuestro propio terreno y nos sentamos sobre las maleteras…

… Un poco á la derecha de las posiciones que habíamos ocupado al principio, se había alzado en un mástil que habíamos notado de día una luz roja, una luz blanca, otra luz azul: los colores simbólicos de Chile que anunciaban la presencia real de su ejército por la derecha, centro e izquierda.

Una o más hora transcurría desde que nos despertaron, cuando unas detonaciones aisladas primero y descargas sucesivas después, se percibieron bastante apagadas por la distancia, en nuestra ala derecha. Como los desgarramientos de las nubes en las tormentas andinas, el bronco ruido de los cañones se dejó oír luego y el relampagueo de la explosión nos indicaba el sitio del ataque. Pero no nos entretuvo más el lejano espectáculo; porque así como un castillo cuyas guías de fuego han sido hábilmente dispuestas por el pirotécnico para un efecto instantáneo, un vivo resplandor como aureola, se extendió por todas las colinas de San Juan, y un fuego graneado de fusilería nos anunció que la batalla estaba empeñada en toda la línea. Si graneado se inició el fuego de la infantería, el de la artillería con sus resplandores más extensos y más intensos, se rompió también con su rabia, y su continua sucesión expresaba la impaciencia, el coraje y la serenidad de los que manejaban los cañones.

El campo después de batalla. Al fondo se ve la hacienda San Juan
Acuarela de Rudolph de Lisle

Un ¡viva el Perú! espontáneo y estentóreo, respondió a nuestras filas a los ruidos del combate: nuestro pabellón fue sacado de su caja, enarbolado en su asta, y el porta, el subteniente Ugarte, tomó la insignia del batallón para no soltarla mientras no lo obligara una bala enemiga…

… Ya era de día cuando se dio orden a todo el 2° Cuerpo del Ejército para que fuera a ocupar un lugar más próximo a las posiciones en que se batían los nuestros. Desfilamos sin demora, atravesando por la plazoleta de la hacienda San Juan, y fuimos a desplegar los seis batallones a retaguardia del centro de batalla… De entre el ruido atronador del combate percibíase claramente la música de “San Miguel de Piura”, que tocaba probablemente el pabellón de este nombre para unir en esos instantes supremos el pensamiento de nuestra Patria chica al de Patria grande. Otros cuerpos tocaban diana, y era patente que nuestros soldados, nuestros reclutas, puede decirse, hacían buena cara al enemigo.

Pero no era un espectáculo gratuito el que contemplábamos; una batalla no se ve de cerca impunemente. Las grandes parábolas que los proyectiles enemigos describían alejando sus efectos de nuestras filas, fueron acortándose a medida que rectificaban sus punterías; muchas bombas reventaron en un lugar pantanoso o anegado, salpicándonos con el lodo que sublevaban; una reventó entre la cola del batallón Ancash y la cabeza del nuestro, y fue una fortuna que no causara más que un herido, un soldado del Ancash, que recibió sobre la espalda un casco que le ocasionó una herida grande, pero no grave, pues aunque bañado en sangre lo vi alejarse rápidamente sin necesidad de ajeno auxilio. No paso mucho tiempo de esto cuando sentí un ligero chasquido cerca de mí a retaguardia; todas las miradas convergieron hacia ese punto, y si la situación y la causa no fueran tan graves, riéramos de la cara espantada y grotesca que ponía un ranchero de mi compañía, al mismo tiempo que exclamaba: - “Me han heredo”. En efecto, un hilo de sangre le corría por la mejía derecha y por la izquierda le salía una masa verde-sanguinolenta. Sin duda la bala le penetró en trayección horizontal en momentos que introducía la coca y le había pasado por el vacío sin tocarle la lengua.

Seguido de un numeroso estado mayor, cuyo selecto personal no podía ser disimulado, el Jefe Supremo, tan impasible al silbido de las balas como á las aclamaciones de los soldados, pasó delante de nosotros, dirigiéndose a la derecha en donde la acción se hacía cada momento más severa.

El efecto eventual de los proyectiles perdidos del enemigo no había sido con todo hasta este momento de daño tan grave como para inspirar temor; pero la acción entraba ya en su período álgido y nuestra situación se modificaba con gran desastre. De pronto una onda agitó toda nuestra línea, y una voz siniestra cundió de boca en boca: ¡Los chilenos, los chilenos! ¡Miren como avanzan! Sí; envuelta en la bruma del humo y del polvo del combate, avanzaba una numerosa fuerza enemiga a apoderarse del abra por donde viene el camino de Lurín a Chorrillos; y avanzaba y avanzaba incontenible, era de verlo y no creerlo; pues ¿qué hacíamos nosotros…? Transcurrió espacio de tiempo inestimable y perdido para nosotros, cuando vi llegar a toda carrera al general Pedro Silva y hablar, accionando enérgicamente, con el coronel Suárez, partió luego a escape un ayudante, y poco después el batallón de la cabeza, el “Huánuco”, se desprendió de la línea y avanzó a reforzar la posición; peros e encontró con el reflujo de los que venían en derrota, y vaciló. Luego se desprendió el veterano “Paucarpata”, y abriéndose en guerrillas al mismo tiempo que avanzaba, marchó sobre el enemigo; pero fue inútil su resolución y su serenidad, porque interceptada la muchedumbre de nuestros dispersos, antes de poder hacer uso de sus armas fue también dominado por la corriente de la derrota, sufriendo la suerte de ser destrozado, sin poder causar daño al enemigo. Había sido herido el Comandante General Coronel Buenaventura Aguirre de la 4ª división; lo había sido mortalmente el Coronel Chariarse del “Paucarpata” y de gravedad el Coronel Pedro Mas del “Huánuco”.

¿Qué hacían entre tanto los otros batallones del cuerpo de Reserva? El “Jauja”, que se encontraba más inmediato al lugar de la catástrofe, se desconcertaba; el “Ancash”, “Concepción” y “Zepita” (“Zuavos”) continuaban inmóviles en su formación, recibiendo, no ya las balas perdidas, sino lso tiros directos del enemigo que encontraba un blanco seguro. Todos los Jefes, el Coronel Suárez, el Coronel Pereira de la división y los jefes de los batallones, con una serenidad admirable, puesto que, estando montados, constituían los blancos predilectos de los enemigos, todos se esforzaban por igual en infundir su aliento a los que mandaban. Nuestro Jefe, el Coronel Valladares, decía a sus soldados que empezaban a dar indicios de vacilación: “Que no se diga que los hijos de Concepción han corrido”….

… Desde que ocupamos la retaguardia de la línea de batalla, una interminable procesión sangrienta pasaba por delante y por detrás de nuestras filas; unos heridos iban todavía con paso firme y prometían llegar a la ambulancia; otros, con pasos vacilantes no tardarían en caer; los abnegados ambulantes no se daban abasto para recoger su piadosa cosecha, y pasaban y repasaban incesantemente, penetrando hasta las mismas filas del combate. Varios de estos meritorios soldados cayeron cumpliendo con exceso con su deber de peruanos y de cristianos.

Nuestra posición, repito, nos permitía observar detalladamente este aspecto triste de la batalla: a nuestro frente, a menos de 200 metros, teníamos los cerros de San Juan, y a cada momento veía aparecer esos heridos que después miraba pasar a nuestro lado; otros eran sacados por los mismos soldados de las filas de combate y puestos en lugar seguro para ser socorridos por la ambulancia.

He dicho ya que las balas perdidas del enemigo no nos causaban en un principio gran daño ni temor: dos ó tres muertos y otros tantos heridos, cuyo claros se cerraron inmediatamente en las filas, fueron todos los que vi o de los que me enteré en el espacio de media hora, más o menos, que transcurrió desde que llegamos hasta que se inicio la derrota; pero desde este momento a las raras balas que rebalsando nuestra primera línea, nos causaban perdidas más raras aun, se agregó el fuego de enfilada que empezó a llover de la derecha y que bien pronto se convirtió en verdadero huracán de plomo.

Pero no era sólo allá donde los nuestros cedían el terreno al enemigo: de repente empecé a ver aparecer de detrás de las colinas de San Juan, por nuestro frente, individuos cuya ligereza indicaba no estar heridos; luego ya no fueron individuos aislados sino grupos, pelotones; de pronto, se oye un toque inexplicable en esos momentos: el de cesar el fuego, y un momento después era toda la línea de San Juan la que abandonaba sus posiciones.

Es este instante el de mayor desfallecimiento que vi en mi vida y fue ese el momento más difícil para conservar el orden y la formación en los tres batallones que aun los guardábamos: sacando la cabeza de las filas podía verse caer sus individuos como los granos de una mazorca de maíz, como las hojas de un árbol. Un sargento y un distinguido de los cuatro que escoltaran el estandarte están ya acostados sobre el suelo; un momento más y vemos que el mismo estandarte se inclina y cayera si otros no corrieran a sostenerlo: es que ha faltado el brazo que lo sostenía, es que esta herido el subteniente Ugarte. Los más atrevidos del enemigo que ha asaltado las posiciones de San Juan aparecen en las alturas y apuntan… no, no apuntan, disparan nomás, que todo es blanco. Fue este, repito, uno de los momentos más infelices de mi vida y el más crítico de la batalla; los soldados nerviosos, frenéticos, agitaban sus fusiles, y los oficiales apenas podían impedir que se les hiciera fuego y aumentaran inútilmente la confusión de la derrota, cuando oí que el mismo General Silva daba la orden para la retirada. Habiendo llegado a hora temprana para tomar parte en la batalla, nos retiraban tarde para evitar sus efectos desastrosos.

Sonó la corneta el toque vergonzoso, y desfilamos al trote por la izquierda; pero las balas enemigas nos seguían con su mortal tenacidad, pues aunque el boscaje del camino ocultara el bulto, el polvo les enseñaba el blanco. El teniente Arroyo, que hacía de capitán de mi compañía a falta de propietario del cargo, cayo gravemente herido; alzado y colocado sobre un caballo con un individuo que lo condujera, fue alejado rápidamente del campo. Antes de separarse vivo al Perú con el aliento que le quedaba y nos exhortó una vez más a que cumpliéramos como debíamos. Después de dejar un reguero de muertos y heridos en el camino, nos vimos al cubierto de las balas enemigas…

… Al abrigo de la Escuela de Clases, como he dicho, los maltrechos batallones de la 4ª División del Norte, y los diezmados de la 5ª, menos “Zepita”, que sobre la marcha recibió orden de ir a reforzar la derecha, rehicimos completamente nuestras filas. “Huánuco”, “Paucarpata” y “Jauja” estaban reducidos a la mitad o poco menos. Una gran parte de ellos con los primeros jefes de los dos primeros, otros jefes y oficiales, habían caído en los gramadales de San Juan o en retirada; otros estaban prisioneros y algunos se habían dispersado. Los batallones de la 5ª no habían dejado prisioneros ni habían tenido dispersos; sus bajas no se debían sino al plomo, y con todo no eran menos de cien los del “Ancash” y “Concepción” no respondían ya a la lista. Pero a pesar del estrago sufrido y del espectáculo desmoralizador que habíamos contemplado, el ánimo de la tropa estaba entero; y esta actitud resuelta era más digna de elogio en los restos de la 4ª División. Deberíase ello, en parte, a los tímidos y acobardados habrían huido lejos, sordos a las ordenes y suplicas de sus jefes y oficiales, y habían quedado en filas los que sostenían su resolución de disputar palmo a palmo el terreno al enemigo, y, ya que no arrancarle la victoria, vendérsela cara.

Chorrillos después de la batalla. Al fondo está el Morro Solar, en cuyas alturas están las antenas de televisión. A la derecha, el Salto del Fraile
Acuarela de Rudolph de Lisle


Mientras estábamos concertando nuevamente nuestras filas, llegó el Jefe Supremo; impartió al Coronel Suárez sus nuevas disposiciones y siguió a Chorrillos, en donde ardía la batalla.

Sin demorar, pues, más tiempo que el indispensable para rehacer o rectificar su formación, salieron, de su abrigo los batallones de la 4ª y la 5ª División a ocupar nuevos puestos de combate.

La línea se extendía ahora a todo lo largo de Chorrillos y desfilaron sucesivamente a ella el “Huánuco”, en el que marchaba imponiendo a sus soldados su energía y su entusiasmo mis antiguos capitanes en el “Callao” Mendoza y García, al primero de los cuales ya no volvería a ver, y en seguida “Paucarpata” y “Jauja”; luego siguió “Ancash” que se desplegó de la Escuela a la derecha, y “Concepción” a la izquierda.

Conforme íbamos abandonando nuestro abrigo, éramos descubiertos por el enemigo, que nos enviaba sus mensajes de muerte. Empezó otra vez la música celestial, oí decir cerca de mí con un metal de voz entero, y en tono de chiste; me volví y vi que era Porfías el que había hablado.

… el modelo que yo hubiera querido imitar, el ideal de ese valor verdadero estaba realizado en Porfías. Es signo característico de este valor, la convicción de que es una facultad natural que todos poseemos en el alma, y que su ejercicio solo depende de que haya necesidad de él; por eso esta clase de valientes son mansos en su vida normal, porque el peligro no es frecuente en ella; por eso no hablan de valentía, porque no es objeto de discusión, porque no dudan del valor de nadie; por eso entre las muchas disputas que había tenido con otros o conmigo, jamás habría traído a discusión este tema. Sólo una vez, pero no promovido por él, le oí hablar de esto. El distinguido T. hablaba un día de una manera despreciativa, que siempre usaba sin empacho, de la poca confianza que le merecían “los serranos”; yo me aparté un tanto porque en general me disgustaba atravesar palabra con una persona que si entonces me era desagradable y repulsiva, hoy me es odiosa (si no ha muerto) por el crimen de que me parece ser autor.

También Porfías parecía que sentía repulsión por este sujeto, pues, contra la costumbre que me ha hecho darle el nombre con que lo llamo, jamás sostuvo porfía con él; pero estaba tan procaz y tan torpe T, que no pudo menos Porfías que acercarse y tomar la defensa de los serranos.- Sí, le dijo, muchos correrán, porque no les importa nada la capital de los viracochas que los insultan cuando no pueden…. cuando tienen miedo de hacerles algo peor; pero los serranos que sabemos que estamos defendiendo la Patria…. yo quisiera ver si les da U. siquiera a la rodilla. U. que tan valiente es…. con la boca;- y le volvió la espalda sin hacer mas caso que el desprecio merecido de las palabras de T. que lo provocaba diciendo:- Vamos afuera del cuadro… para que veas a donde te doy.

He visto, en efecto, confirmadas las palabras de Porfías: muchos de estos indios, sin concepto alguno patriótico, sin necesidad de exponer su vida por lo que no existe para ellos, han huido de la muerte en cuanto les ha sido posible libertarse de la fuerza que los obligaba a arrostrarla; pero muchos, también, consientes de lo que hacían, muchos de esos indios de cara mansa y apacible, los he visto magníficos en el combate, y recibir heroicos un balazo en el pecho o en la frente, o caer atravesado por una bayoneta enemiga…

… La acción se había vuelto a empeñar con más escarnecimiento por nuestra derecha; “Ancash” y los restos de los otros batallones que he citado, recibían ahora el empuje decisivo de los chilenos y derramaban con un objeto más útil la sangre que no habían ahorrado en la triste participación que nos había cabido en San Juan. En cuanto a “Concepción”, que ni antes ni después debía dar motivo a las apreciaciones injustas que algunos hicieran, le toco en este periodo de la lucha una participación, si importante por su objeto, mucho menos sangrienta. Colocados en la extrema izquierda, era nuestro papel impedir que el enemigo la cerrara y nos flanqueara, encerrando a todo el ejército en Chorrillos, como logró hacerlo con una parte de él; pero los chilenos, que no podían ignorar que teníamos un ejército de reserva en Miraflores, que podía caerles por la espalda, llevaron su ataque a fondo por el centro y la derecha, limitándose a mantener por nuestro frente guerrillas con el objeto de no perder nuestro contacto y observarnos; guerrillas con las cuales nuestra acción se redujo a un tiroteo intermitente y poco mortífero.

Sosteniendo esta actitud estuvimos más o menos hasta las diez de la mañana, hora en que abandonamos el abrigo de las tapias tras de las que estábamos y tomamos camino de Chorrillos: se había recibido orden de intentar un postrer esfuerzo para auxiliar o liberar nuestras tropas de la derecha que pelaban ardorosamente en el Morro Solar y en la población. Una vez más renacieron los bríos del batallón, y acallando nuestros gritos de entusiasmo el ruido de la batalla, penetramos a la población. Acosados por todas partes, sordos al silbido de las balas que caían como granizo, ciegos a la vista de la muerte que marcaba nuestra marcha con huellas de sangre, llegamos en tan resuelta actitud hasta la iglesia del Buen Pastor… Pero ¿por qué se retiraba nuestra gente que cubría el frente (que en nuestro desfile teníamos a la derecha)?.... También por las calles de la población pasaba el tropel de los nuestros en sentido contrario al del enemigo. A la altura del Buen Pastor flanqueamos a la derecha y penetramos por la boca-calle al corazón del pueblo; imagine que esto tendría por objeto cubrir nuestra maniobra ofensiva; pero muy pronto supe que era para contramarchar algo a cubierto de los fuegos con que éramos ofendidos.

Escena después de la batalla de Chorrillos cerca de la hacienda Villa
Acuarela de Rudolph de Lisle

¿Había sido por falta de fuerzas que apoyaran y secundaran el ataque lo que impidió llevarlo a fondo? ¿o había sido una maniobra para atraer la atención y el fuego del enemigo sobre nosotros y pudieran retirarse nuestras tropas de la derecha? Sólo en este caso resultaría útil nuestra acción, porque, en efecto, una parte de las tropas que se batían allí, se abría paso a punta de bayoneta por la calle Lima; al mismo tiempo que soldados del “Concepción”, dando la mano a los del “Ancash”, rescataban un jefe y varios soldados capturados por chilenos del “Esmeralda”, que a su turno quedaban prisioneros. Fue en este momento que cayó con una estrella en la frente el subteniente Goret.

Frustrado el último esfuerzo o llenando su único objeto, y dejando en las veredas de Chorrillos nueva y más honda huella de sangre y cadáveres, emprendimos la retirada que se nos ordenaba de Miraflores; quedando por efecto de la maniobra indicada, cubriendo la retirada, con nuestras filas cerradas y listas pare rechazar la persecución del enemigo…

… No nos persiguió el enemigo inmediatamente sino con su artillería; pero, emplazados sus cañones de modo que no nos enfilaban, lo que hubiera sido fácil, o torpemente dirigidas sus punterías, no nos causaron daño apreciable; sus disparos cruzaban diagonalmente nuestra línea de retirada, y sus granadas rebotaban o reventaban por nuestros flancos.

Un sol de enero nos abrasaba y el polvo de la marcha nos asfixiaba cuando llegamos a la línea de Miraflores: era medio día.

Al desfilar por el 2° Reducto me dijo Porfías:

- ¿Has oído?
- Sí….

Había oído entre comentarios que se hacían un grupo de soldados de la Reserva, estas palabras que, en estos momentos más que en ningún otro, tenían un sabor por demás amargo:

- Estos se han venido íntegros en masa….

Cuando un momento después se pasaba lista en el potrero inmediato al Reducto, no respondieron a ella cinco oficiales y más de un centenar de soldados….

Cierto que esta pérdida era insignificante compara con la que experimentaron otros cuerpos: el “Piérola”, en la pampa de San Juan, en donde, negándose a rendirse su jefe Reinaldo Vivanco, caía al filo del sable de la caballería enemiga, no quedando ileso casi ninguno de sus oficiales y salvando solo unas cuantas decenas de sus soldados; el “Pichincha” a quien cupo suerte igual heroica a su jefe el Coronel Pastor Sevilla; los valerosos restos que con los coroneles Noriega y Rosa Gil se abrieron paso por la Calle de Lima; pero no había sido por voluntad nuestra el que la acción del batallón se desarrollara en zona en la que el combate no asumió las proporciones sangrientas que en otros; no fue elección nuestra las diversas situaciones en que asistimos a la jornada. No, no creíamos merecer el vituperio de la crítica que encerraba aquella: habíamos soportado imperturbables sin poder hacer un tiro y sin que se ordenara nuestras filas, viendo caer a muchos de nuestros oficiales y compañeros, el fuego de exterminio de San Juan, hasta que nos hicieron retirar; habíamos cumplido nuestra consigna impidiendo el flanqueo por nuestra izquierda en Chorrillos, que hubiera dado al desastre mayor magnitud; y, finalmente, habíamos emprendido nuestra última ofensiva contra el enemigo; acciones todas que habían tenido nuestro espíritu en larga y agudísima tensión; y sin embargo, sólo en obediencia a una orden superior, habíamos abandonado el campo, sin perder por un momento nuestra formación. Y era esta circunstancia, notada y elogiada por los militares entendidos, lo que impresionaba a los reservistas, y los hacía verter la frase que tan hondamente venia a herir nuestra susceptibilidad patriótica. Cierto que no estaban aquellos en aptitud moral de emitir juicio; doblemente moral, porque no sabían lo que hablaban, y porque con el mismo criterio y con la misma razón podíamos haber dicho nosotros: Estos no se han movido de su reducto.

Ah! Pero estos argumentos que ahora se me ocurren no se me ocurrían en esos momentos; y ¿cómo se me iban a ocurrir? Me encontraba en ese estado de ánimo confuso y despechado de la infeliz doncella a quien los arrebatos de la pasión arrastraran a la cita misteriosa, y de la que saliera incólume por la frialdad de su amador, pero perdida ante el concepto de las gentes. ¡Y qué argumento poner ante el espectáculo de la batalla del Morro Solar, cuyo fragor llega a nosotros como una condenación inapelable!

Solo conociendo la magnitud del desastre podía explicarse la actitud de los que debían acudir en auxilio de los combatientes: de los 18000 hombres formados esa mañana en la línea de San Juan sólo seis mil, una tercera parte, formaron en la de Miraflores; en otra tercera parte se apreciaban los muertos, heridos y prisioneros…. Una cantidad igual se había disipado, se había colado por entre las filas de la Reserva que se desplegó para cerrar el paso a los dispersos.

Eran las dos de la tarde cuando se arrió nuestra bandera en el Morro Solar sobre sus defensores muertos o rendidos por falta de municiones y de auxilio, y surgió la de la estrella de Chile; pero, como si sus soldados no la juzgaron dignas de lucir en el cielo puro y sereno de la gloria, bien pronto se ofuscó entre el humo del incendio…” (4)

Notas

(1) José Torres Lara, “Recuerdos de la guerra con Chile (Memorias de un distinguido). El héroe del Pacífico”. 1912. Lima, pp. 38-39.
(2) Periódico “La Tribuna”, 22 de enero de 1884. Parte anotado y documentado del Estado Mayor General al Dictador, sobre las batallas de 13 y 15 de enero de 1881.
(3) “Relación completa de las batallas de Chorrillos y Miraflores escrita en el teatro de la guerra por el corresponsal de La Patria”. 1881. Valparaíso, p. 8.
(4) José Torres Lara, “Recuerdos de la guerra con Chile (Memorias de un distinguido). La batalla de San Juan”. 1911. Lima, pp. 48-74.